Buceando


Un día, el pececillo Charles decidió salir de su casa para ver océano.
Vivía siempre rodeado de peces brillantes de todos los colores, que pasaban el día riendo, jugando y divirtiéndose. Eran peces muy sanos y muy felices, y tenían toda la comida que necesitaban. Pero a Charles le cansaba estar en su casa, era a veces un poco aburrido.

En su camino hacia el azul infinito se encontró con un pez payaso precioso. Se llamaba Nemo, y vagaba dando vueltas, con la mirada perdida y la cara triste. Charles se acercó a Nemo:
-Hola, eres muy bonito, ¿cómo te llamas? -preguntó Charles, dispuesto a hacer amigos.
-Me llamo Nemo -dijo con voz triste. Al rato, empezó a llorar.
-¿Por qué lloras, Nemo? -se extrañó Charles.
-¿Ves esta aleta? -dijo Nemo, señalándose la aleta izquierda-. Esta aleta es más pequeña que la otra, no me gusta, soy deforme.
Charles tuvo que esforzarse para ver la tímida diferencia entre una aleta y la otra.
-A mí no me parece tan mala. Además, tienes unos colores preciosos. ¡A cualquier pez le gustaría tener tus colores! ¿Por qué lloras?
-Mi aleta es pequeña -insistió Nemo.
Charles no entendía a aquel pececillo, así que se despidió y siguió nadando en la inmensidad.

En otro momento, Charles se encontró con un pez globo que estaba deshinchado. Se llamaba Bola, y los peces del pueblo no se juntaban con él porque era huraño, malhumorado y sarcástico, y prefería estar alejado de los demás.
Charles vio que Bola estaba realmente triste, se le acercó y le dijo:
-Hola, soy Charles. ¿Por qué estás triste?
-Todo el mundo me odia porque estoy gordo.
-A mí no me molesta que seas un pez globo -dijo Charles-. Y al resto del mundo tampoco, no les gustas porque estás todo el rato triste. ¿Por qué no pruebas a hacer amigos? Seguro que les caes bien.
-No lo creo, porque estoy gordo -dijo Bola, desoyendo sus consejos.
Charles tampoco entendía a ese pez tan triste. Se despidió de él y siguió buscando amigos.

En esto, llegó al interior de una cueva submarina muy oscura. Allí dentro se encontró con un pez pequeño, débil y enfermo, que gemía y lloraba.
-¿Qué te pasa, pececillo? -preguntó Charles.
El pez de nombre desconocido miró a Charles con ojos vidriosos.
-De pequeño mis padres murieron y tuve que cuidar de mis quince hermanos yo solo. Me busqué la vida como pude, pero poco a poco fueron enfermando y murieron y me quedé solo. Después empecé a enfermar yo también. Al principio se me inmovilizaban las aletas, luego se me cayeron escamas. Ahora no puedo ver con un ojo, y el otro se me está oscureciendo.
>No tengo amigos, ni nadie conocido. Mi vida es solitaria, nadie quiere estar a mi lado, nadie me comprende. Soy muy infeliz.
Charles quedó hondamente conmovido por la historia del pececillo solitario. Le dijo que volvería en un momento, y se fue deshaciendo su camino.

Al momento apareció de nuevo Charles con los peces Nemo y Bola, con sus caras habituales de tristeza. El pececillo se vio sorprendido al ver a tanta gente, y a petición de Charles les contó su historia otra vez.
Charles se giró a Nemo y Bola y les dijo:
-Mirad a este pez. Este pez ha sufrido más que todos los peces que haya visto yo nunca, y tiene motivos para hacerlo. Miraos ahora a vosotros, ¿tenéis verdaderos motivos para suspirar vuestra desgracia?
Nemo y Bola entendieron muchas cosas aquel día.
De allí en adelante se mudaron a casa de Charles, con el resto de peces que sí eran felices con lo que tenían.

De todas formas, a Charles le quedaba una cosa pendiente.
Volvió a la cueva submarina, y dio un abrazo al pececillo doliente.
-¿Por qué me abrazas? Sabes que va a dar igual, así no puedes arreglar mi sufrimiento.
-Lo sé -dijo Charles-. Pero ahora ya no estás tan solo como tú piensas. Ahora tienes un amigo.

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