Memento mori



Hoy quería hablar de la muerte. Si parece un tema tétrico o macabro, es por algo que comentaré más adelante… pero en mi opinión reflexionar sobre la muerte es uno de los pensamientos filosóficos más importantes que se pueden tener, si no el que más.

Desde mi punto de vista es necesario pararse a pensar sobre la muerte, buscarle un significado, enfrentarse a ella en nuestra cabeza, para dotar de verdadero sentido a la vida. Esto es difícil, pensar en nuestra propia muerte da mucha angustia, produce pavor, miedo… pero algún día se cruzará en nuestro camino, bien sea nuestro fin o el de una persona cercana, y creo que es bueno estar preparado para ese momento.

Existen muchas formas de abordar el final, intentaré explicar algunas. Muchas de ellas son conocidas y del ámbito común, por lo que no resultan nuevas ni sorprendentes, pero tal vez alguien encuentre otras perspectivas que le sean más útiles, y que nunca antes se había planteado.

Ya aviso que, si alguien está interesado en seguir leyendo, se me ha ido un poco de las manos y el texto es muy largo xD quizá compense o quizá no, pero yo aviso por si acaso xD.

1. Ignorar la muerte.

Esta es, en mi opinión y en la de varios autores, la perspectiva más frecuente en nuestra sociedad occidental actual. Si alguien ha reaccionado, al empezar a leer, con una sensación de repulsa, pensando que hablar sobre la muerte resulta macabro, desagradable, es porque esa es la tendencia cultural que tenemos hoy en día. 

Pensar sobre la muerte supone un gran nivel de incertidumbre y desasosiego, y una de las formas más sencillas de vivir con ello es, simplemente, no darle vueltas a la cabeza. Es por ello que en nuestra sociedad la muerte se “oculta”. No solo los cementerios son algo apartado de las ciudades, los tanatorios sitios totalmente asépticos (parecidos a consultas del dentista, con modernos sofás) o las ceremonias de despedida cada vez más “exprés”, sino que, en general, apartamos la muerte de nuestras vidas. Puede parecer lo lógico, pero en mi opinión eso trae consecuencias negativas en cómo vivimos nuestra existencia.

Una de ellas es que nos creemos inmortales, invulnerables. Al no tener a la muerte presente, creamos una falsa ilusión de vida eterna. Pensamos que viviremos para siempre en este mundo, es por ello que tomamos muchos riesgos innecesarios, y no solo eso, sino que no vivimos con la misma intensidad. 

Muchos dirán que la filosofía y estas reflexiones son pérdidas de tiempo, que bastante tenemos con los problemas del día a día, etc. Ese es el quid de la cuestión, que no ponemos nuestros problemas en perspectiva. Simplemente vivimos, como zombies o como plantas, dejando pasar el tiempo y haciendo lo que se supone que tenemos que hacer: comer, dormir, trabajar, entretenernos… Está bien, pero creo que un poco más de filosofía al respecto nos puede ayudar a sacar más partido a nuestra vida.

2. Perspectivas religiosas o místicas.

Otra opción, diría que la mayoritaria dentro de aquellos que reflexionan sobre la muerte y sienten miedo hacia ella, es la búsqueda de explicaciones religiosas. Religión significa aquello que tiene relación con lo divino, aquello que está por encima de nosotros, por encima de nuestro conocimiento finito de las cosas y de nuestros sentidos, aquello que dota de sentido a todo. Es por eso que también se les puede llamar perspectivas “sobrenaturales”, porque no ofrecen pruebas científicas naturales, sino que se accede a este conocimiento por la fe, por las creencias y la voluntad. Hay tantas perspectivas como religiones y casi tantas como personas religiosas, porque cada uno hace suyo su credo, por lo que hablaré de las que creo que son las más comunes.

  • Vida después de la muerte: cristianismo y otras.
El cristianismo, la religión más frecuente en nuestro medio, comparte con el islam y el judaísmo la creencia en una vida después de la muerte. Ante la angustia que supone enfrentarse al fin, estas fes nos dan la promesa de que no todo se acaba, que algo continúa existiendo. Ese algo es nuestra alma. Sabemos, porque lo vemos, que nuestros cuerpos se pudren y acaban desapareciendo, pero tenemos una identidad más allá de nuestro recipiente físico, y esta sobrevive a la muerte. Digamos que nuestra conciencia sigue existiendo a pesar de nuestra muerte física. Es una perspectiva que consuela muchísimo, ya que nos ofrece la posibilidad de seguir existiendo, y además, de forma eterna (dependiendo de la religión concreta).

También dependiendo del tipo de credo, esa vida después de la muerte tiene diferentes características y condiciones. En las religiones abrahámicas (cristianismo, islam y judaísmo) existen los conceptos de “cielo” e “infierno”. La vida eterna no es igual para todos, sino que depende de los actos que cada uno haya cometido en la Tierra. Así, la vida eterna cumple otra función, también muy importante: da sentido a la injusticia.

El mundo se comporta de forma claramente injusta. Hay muchas personas, digamos malvadas, que se salen con la suya, mientras que gente bondadosa e inocente sufre muchas penurias. Esto también supone una fuente importante de frustración, y además nos plantea una pregunta muy, muy importante (y también poco reflexionada actualmente en mi opinión): ¿por qué hemos de ser buenos? ¿Por qué actuar correctamente? Estas religiones nos dan una respuesta: porque solo los bondadosos irán al cielo, y los malvados al infierno.

La creencia en el infierno puede ser incluso más potente que la creencia en el cielo, me explico: nos puede llevar a actuar más por miedo al castigo que por conseguir la recompensa. No obstante, no todos los creyentes aceptan la existencia del infierno. Según datos del CIS, en España hay un 42% de la población que “cree firmemente en Dios”, y un 31% que “más bien cree en Dios”, pero en total solo un 26% “cree con seguridad en el infierno”, y un 30% “tiene dudas”. Por suerte la religión basada en el miedo es en nuestra sociedad cada vez menos frecuente. [Nota: es curioso el dato de que un 80% se considera católico, aunque muchos no crean en el infierno]

Así que, buenas noticias: existe vida más allá, y los justos serán recompensados. Eso sí, debes trabajar tu mérito en la Tierra. Dependiendo del dogma concreto, estos méritos pueden variar, pero en suma se trata de obrar con amor hacia los demás y hacer el bien.

¿Qué ocurre con nuestros seres queridos que ya fallecieron? Con esta perspectiva se nos permite volver a encontrarnos con ellos, en el reino de los cielos.

La religión responde tan bien a las inquietudes humanas sobre la muerte, que en mi opinión su origen fue precisamente este: el de aplacar la angustia existencial ante el fin. Esta función, unido a la enorme tradición religiosa que existe (el 95% de los españoles ha recibido educación católica), explica según mi entender, en gran parte, la alta prevalencia que tiene este pensamiento hoy en día.

No obstante, muchas de las personas que se consideran religiosas lo hacen más por costumbre que por reflexión filosófica activa, y viven, de hecho, como aquellos del primer grupo que niegan la muerte. Si tomamos el punto de vista religioso como cierto, instantáneamente debe surgir en nosotros una energía incontrolable para realizar el bien a los demás, y a alabar a dios conforme nuestro credo, ya que nos jugamos la vida eterna, ni más ni menos. Además, nos impulsa a dar la buena noticia a todo el mundo, y nos mueve a llevar nuestras creencias a nuestros seres queridos para que ellos también se salven. Por suerte o por desgracia son los menos los que viven de forma totalmente coherente con estas creencias, siendo la mayoría la que procesa una religión “light” que, en mi opinión, ni mucho menos vive según estas implicaciones filosóficas.

¿Cuánta gente piensa que hay vida después de la muerte? Pues bien, según el CIS hay división de opiniones en España. Un quinto de la población “está seguro” de ello, otro quinto “más bien cree que sí”, otro quinto “no está seguro”, otro quinto “más bien cree que no”, y otro quinto “está seguro que no”.

En resumen, la religión puede dar sentido a nuestra vida de forma muy intensa, si aceptamos que llegado el momento se nos juzgará por nuestros actos y podremos disfrutar de la vida eterna.

  • Reencarnación: hinduismo y otras.
La reencarnación es una idea que proviene de la tradición hinduista principalmente, aunque sin duda otras muchas creencias a lo largo de la historia la respaldan o han respaldado. Comparte semejanzas con la visión de la vida eterna, aunque tiene puntos importantes de discrepancia. Un 17% de los españoles cree en la reencarnación, según el CIS.

La reencarnación, básicamente, es la noción de que todo ser vivo, al morir, vuelve a nacer, pero de otra forma. Nosotros al morir, dejaremos de existir como tales, pero volveremos al ciclo de la vida encarnados en otro ser. Este nuevo cuerpo puede ser otro ser humano, o puede no serlo, tal como un animal, o incluso una planta (depende de cada creencia personal la adjudicación o no de alma a los diferentes tipos de seres vivos). También es una forma de “vida eterna”, pero muy distinta, porque en este caso, pese a que conservamos el alma, no conservamos la conciencia. Un ejemplo: todos nosotros somos reencarnaciones de vidas pasadas, pero no tenemos forma de “recordar” esas vidas (algunas personas creen que es posible recordarlas haciendo determinados ritos).

Al igual que ocurría con el cristianismo, en la reencarnación la muerte actúa de juez y verdugo. Dependiendo de nuestras acciones en la vida terrenal, nuestra siguiente vida será más o menos afortunada. Llegará un momento en que si purificamos mucho nuestras acciones, abandonaremos el círculo y alcanzaremos una vida eterna plena y pura.

Es una perspectiva, en mi opinión, muy atractiva y muy “ecológica”. La reencarnación no nos separa del resto de las criaturas vivientes, así que nos incita a tratar con bondad tanto al prójimo como al resto de seres vivos que pueblan la Tierra.

Al igual que la creencia en una vida eterna digamos “lineal”, la perspectiva “circular” de la reencarnación también debe movernos a actuar con toda nuestra energía en hacer el bien en esta vida. Vamos viendo que reflexionar sobre la muerte puede consolar nuestra angustia y al mismo tiempo nos incita a ser proactivos en nuestra vida y vivirla con intensidad y sentido.

  • Espiritismo y otras creencias populares.
Otra perspectiva “mística” es el espiritismo. No creo que pueda ser llamada “religiosa” como tal, porque no está tan institucionalizada ni reglada como las religiones “clásicas”, pero sin duda ofrece explicaciones sobrenaturales. Personalmente opino que está muy extendida hoy en día, a nivel popular, porque incorpora creencias mixtas de diferentes credos y da algunas respuestas importantes.

El espiritismo nos dice que, después de morir, existe una vida ulterior. Pero, no obstante, algunas personas pueden permanecer en este mundo (de forma temporal o permanente) en forma de “espíritus”. Los motivos por los que algunos “se quedan” y otros “se van” varían tanto como las creencias de cada persona. Algunos creen que una persona puede permanecer unida a este mundo como castigo, otros que como medio para resolver una situación pendiente… El caso por el que lo traigo a colación es el siguiente: el espiritismo permite, de forma más palpable que el resto de perspectivas, mantenerse en contacto con los difuntos.

Este es el punto clave aquí, no tanto la promesa de la vida eterna, sino la posibilidad de interaccionar con las personas que ya murieron. Es de entender que sea una creencia muy socorrida en gente que ha pasado por pérdidas de seres queridos, ya que mantiene la esperanza de que esa persona “siga estando ahí”.

Algunas personas van más allá de esa creencia consoladora, para afirmar activamente que pueden comunicarse con los muertos. Según determinados ritos (tales como los médiums, la ouija…) se puede establecer contacto y conversación con algunos espíritus. Estas creencias, muchas veces denostadas, por ejemplo, por la Iglesia Católica, no obstante calan muy hondo en personas que siguen todo tipo de credos, católicos incluidos. Además, es una creencia fomentada por la televisión y otras corrientes sociales, porque es muy accesible a la gente de la calle y muy directa: no temas la muerte de un ser querido, porque todavía sigue junto a ti, y puedes comunicarte con él.

Según mi opinión, estas creencias van más enfocadas a la muerte ajena que a la propia, por eso suelen complementarse con creencias religiosas de otro tipo como la vida eterna o la reencarnación.

No obstante, no atino a encontrar cuál es el sentido de la vida que se deduce de estas conclusiones. Igual que las demás creencias te impulsan a vivir tu vida de forma benévola para canjearte el beneplácito de Dios o del Karma, creer en espíritus no surge el mismo efecto, según mi opinión. ¿Debo vivir mi vida para algún día convertirme en espíritu? ¿Es algo bueno o malo? Al no tratarse de una religión bien establecida, tengo muchas dudas al respecto. Por eso cada persona complementa esta creencia con otras diferentes.

Datos: un 20% de los españoles cree en los espíritus.

3. Perspectivas naturales

Por contraposición a las creencias sobrenaturales, hablo ahora de las “naturales”, es decir, aquellas que intentan explicar la muerte como cualquier otro fenómeno natural, no recurriendo a deidades ni entidades místicas. Digamos que este podría ser el “punto de partida” para cualquier ser humano: observamos la muerte como un fenómeno natural. Probablemente eso nos genere angustia y recurramos a explicaciones religiosas que nos aporten un sentido.

Partamos de lo que todos observamos como cierto: todos los seres vivos mueren, y la muerte es irremediable (aunque hay personas que creen en la resurrección física) e inevitable. Nosotros también somos seres vivos, así que debemos morir, tarde o temprano, todos, sin excepción. Veremos cómo este es el fundamento de las perspectivas naturales.

Para obtener conocimientos sobre fenómenos accesibles a nuestros sentidos y a nuestro razonamiento, el método más refinado consiste en el pensamiento y método científicos. Es por eso que esta perspectiva natural puede también llamarse “científica” o “racional” (aunque una persona que se dedique a la ciencia puede tener creencias sobrenaturales o místicas, no está reñido).

Pues bien, ¿qué nos dice la naturaleza? ¿Qué nos ha ido descubriendo la ciencia? En primer lugar, que todos morimos, aunque esto ya lo sabíamos. En segundo lugar, que no somos tan diferentes del resto de seres vivos como nosotros nos creemos. De hecho, compartimos antecesores comunes, somos todos el fruto de un proceso de evolución natural. Así que muchas de las leyes que se aplican al resto de la vida también se aplican a nosotros.

Pero no obstante, los seres humanos somos “diferentes” en muchos aspectos. Tenemos consciencia, pensamiento avanzado, sentimientos complejos, una memoria muy desarrollada, identidad… Algo que podríamos considerarla como un “alma” sobrenatural. No obstante, la ciencia ha descubierto que estas propiedades, digamos “superiores”, son inherentes a nuestro cuerpo físico, es decir, son naturales.

Todo lo que nosotros somos, se esconde, concretamente, en el cerebro. Es el cerebro lo que dicta cómo pensamos, qué queremos, qué recuerdos mantenemos… Si nuestro cerebro falla, también lo puede hacer nuestra identidad. Y, por desgracia, al morir lo primero que deja de funcionar es, precisamente, el cerebro. Y el cerebro se descompone y desaparece. Así que, según una perspectiva natural, con la muerte termina todo, termina nuestra historia.

La ciencia nunca da soluciones absolutas, porque es un método que siempre busca nuevos datos y mejorar las explicaciones disponibles. Hasta ahora, no obstante, no hemos descubierto ninguna prueba accesible al conocimiento racional, de que exista vida después de la muerte. Esto no descarta un conocimiento basado en la fe, pero sí puede poner en tela de juicio algunas manifestaciones sobrenaturales que modifican el entorno natural. Me explico. Si bien la vida eterna puede ser una creencia religiosa, mística o sobrenatural, existen otras creencias como los milagros, o la acción de los espíritus, que sí pueden ser estudiados por la ciencia, porque ocurren en este mundo físico. Hasta hoy, ninguna de esas manifestaciones ha podido verificarse, por lo que tampoco tenemos indicios indirectos de una vida más allá de la muerte. 

Quizá el día de mañana se descubre un fenómeno nuevo, al que no pueda darse otra explicación que la existencia de vida eterna. Ese día acabará la incertidumbre para el ser humano. Pero, por suerte o por desgracia, no ha llegado ese día, y por eso la perspectiva naturalista asume, como explicación más probable, que no hay nada más allá de la muerte.

No obstante, la ciencia no puede darnos recomendaciones filosóficas para abordar esta situación. Simplemente señala un hecho, y nos hallamos solos ante él, casi desamparados. Si no recurrimos a ninguna explicación mística, ¿qué sentido tiene la muerte? y, por deducción, ¿qué sentido tiene la vida?

Muchas personas, según mi experiencia, opinan que ante esta situación la vida no tiene sentido. Es más, afirman que “es necesario creer en algo superior que dé sentido a la vida”. Dicho de forma más coloquial, “en algo hay que creer”, o “algo habrá”. La percepción que tiene quien piensa así es que, sin recurrir a la religión, la realidad es demasiado dura para ser cierta. Yo también he llegado a pensar así, y me consta que mucha gente tiene miedo de abrazar la perspectiva natural por esta situación de desamparo. Pero veremos que, aun asumiendo la muerte como el punto y final, podemos encontrar sentido a nuestra vida, aunque solo tengamos una, o precisamente porque solo tenemos una.

Cada persona afronta su propia muerte “natural” como puede. Existe un movimiento llamado “Bright”, en el que personas con perspectiva naturalista explican su forma de abordar su propio fin. Algunos opinan que, de cierta manera, hay algo de “inmortalidad” en las decisiones que tomamos y en cómo influencian a las demás personas, una suerte de “legado”. 

Otros afrontan la muerte como un precio que hay que pagar por vivir, como dice la cita “el precio de la vida es la muerte, pero sigue siendo la mayor ganga de la Tierra”. Vida y muerte son caras de la misma moneda, no existe la una sin la otra. Morir es algo que nos puede parecer desagradable o angustioso, pero es mucho peor la perspectiva de ni siquiera haber podido vivir: la vida compensa. También podemos pensar que somos afortunados al poder morir, ya que somos una verdadera rareza: de las múltiples personas que “pudieron llegar a existir”, nosotros somos los elegidos para vivir.

Por otro lado, algunas personas equiparan morir con nuestra vida anterior a la concepción. Es decir, cuando morimos tenemos el mismo “estado” que antes de nacer: nada. Y si no nos preocupa cómo estábamos antes de nacer, tampoco nos debería preocupar como “estaremos” después de morir. Tampoco sentiremos placer ni dolor. Simplemente, dejaremos de sentir, como cuando uno se duerme por las noches, pero sin despertar al día siguiente. Por lo tanto, no hay que tenerle miedo a la muerte. 

La muerte es natural, cumple su función, y es imprescindible para que haya vida. La muerte nos iguala a todos, y hace que continúe el ciclo de la naturaleza, imperturbable, para que otros nazcan, vivan y mueran a su vez. Como toda novela, escultura o poesía, nuestra vida tiene un principio y un final. Es natural y bueno que sea así.

¿Pero, qué consecuencias podemos extraer de esta forma de afrontar la muerte? ¿Nos da algunas pautas para vivir mejor? Ya lo creo, y esta es la parte más importante de todo este tocho enorme que ha ido surgiendo mientras escribía. La muerte es, paradójicamente, el desestresante más poderoso que jamás podrá haber. La muerte puede eliminar de un plumazo todas y cada una de las preocupaciones de nuestra vida cotidiana. Me explicaré.

La muerte pone todo en perspectiva. Nos recuerda constantemente que nuestro tiempo es limitado, y que no habrá más prórroga. La vida es una, se va a acabar, y nada de lo que dejemos por hacer lo podremos recuperar más adelante.

Hay un cuento, extraído del libro de Rafael Santandreu, que me gusta mucho porque plasma muy bien esta idea, y dice así:

Había una vez un gran barco transatlántico muy parecido al Titanic. Navegaba entre Londres y Nueva York cuando, una noche, chocó con un iceberg. El impacto provocó un agujero en el casco por donde entraba el agua a raudales. Los marineros bombeaban frenéticamente el agua, pero entraba con demasiada intensidad. Así las cosas, los ingenieros probaron otra estrategia, intentar sellar la parte del barco que se anegaba, pero no lo consiguieron. ¡El barco se iba a hundir! Al comprobar que el buque estaba perdido, el primer oficial corrió al camarote del capitán para avisarle del desastre y pedir órdenes: era necesario lanzar los botes salvavidas y desalojar el barco.

—Señor, hay un agujero en el casco y no para de entrar agua. No podemos achicarla. El barco se hunde —dijo el oficial. El capitán se encontraba de pie, frente a un gran espejo de cuerpo entero, cepillando su flamante americana azul. Al acabar de oír estas palabras, levantó lentamente la cabeza y miró a los ojos al oficial:

—Caballero, ¿no ve que estoy ocupado en mi uniforme? ¡Ya le he dicho mil veces que debemos ir siempre impolutos! ¿Dónde iríamos aparar sin pulcritud ni disciplina? —respondió, enojado.

El capitán agachó de nuevo la cabeza para continuar limpiando su americana. El primer oficial no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Esta vez, alzó la voz con un tono más bien histérico:

—Pero, señor, ¿qué importa eso ahora? ¡Si no desalojamos el barco, vamos a morir todos en unos minutos!

Esta vez, el capitán no se dignó a mirarle. Con el aplomo que le daba ser la máxima autoridad del barco, dijo:

—¡Es usted un irresponsable! ¡Queda suspendido de empleo y sueldo! Retírese y nos alga de su camarote en todo el día.

Este cuento es una metáfora, a mi parecer muy acertada, de lo que nos pasa a nosotros día a día. Nosotros somos el capitán, la americana azul son nuestros problemas cotidianos, y el barco es nuestra vida, que se está hundiendo. Todos nos estamos muriendo, segundo a segundo, ¿vamos a pasar nuestra vida preocupándonos por tonterías? Sabiendo que vamos a morir, ¿qué sentido tiene vivir preocupados, tristes, cabreados, con miedo o apesadumbrados? ¡El barco se hunde, aprovecha tu vida!

Es por eso que la muerte puede ser una grandísima amiga. Al lado de la muerte, todas las demás cosas palidecen, dejan de tener tanta importancia. Sabiendo que vamos a morir, y que no habrá otra oportunidad ni una vida más allá, podemos realmente vivir sin miedo y en libertad. Ya tenemos asegurado el peor de los finales: la muerte, así que abandonemos nuestros pequeños y absurdos miedos cotidianos y dediquémonos a ser felices, nadie lo hará por nosotros.

La muerte es, pues, positiva. No hay nada malo en que se acabe la vida. Es precisamente eso lo que la hace única, irrepetible. Ser conscientes de esto (y digo ser conscientes y vivirlo como tal, no conscientes a un nivel solo teórico), solo nos puede impulsar a buscar nuestra felicidad, a dedicarnos a hacer cosas valiosas que den sentido a nuestra existencia. Sabiendo que ningún problema es terrible al lado de la muerte, podemos comenzar a vivir de forma plena.

De entre todas las perspectivas para afrontar la muerte, creo que la natural es la más demoledora, la que más nos puede sacudir y hacer que nos movamos a actuar buscando nuestra felicidad, porque nos recuerda constantemente que solo tenemos una oportunidad sobre la Tierra.

Cada persona debe elegir su propio rumbo. Yo he escogido este, pero vosotros escogeréis otras perspectivas y tendréis otras reflexiones. Lo único importante es vivir la vida intensamente, lo único importante es la felicidad. Por eso creo que reflexionar sobre la muerte es imprescindible, porque se nos suele olvidar con demasiada frecuencia, porque caemos en el error de que somos inmortales, y que por lo tanto hay tiempo para “chorradas”. No lo hay, no hay tiempo que malgastar, no hay tiempo para el miedo ni la tristeza, el barco se está hundiendo.

Tengo dudas razonables de que alguien haya llegado a leer hasta aquí xD al principio tenía pensado escribir mucho menos, pero así ha salido. Si alguien lee estas líneas es que no es muy aburrido después de todo, o que ha empezado por el final, que todo puede ser xD. Sí que me gustaría que compartierais cuál es vuestra perspectiva, si habíais pensado en esto anteriormente, si os parece interesante o una tontería… Se podría disfrutar mucho de una conversación de ese estilo.



PD: el título “memento mori”, significa, en latín, “recuerda que vas a morir”.

Comentarios

  1. Hola, te felicito por el artículo-reflexión. He aterrizado aquí por casualidad buscando información sobre la propia muerte desde una perspectiva "naturalista". Gracias por publicar!

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    1. ¡Muchas gracias a ti por leer y comentar! Un saludo :D

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