Apología de la rutina




La palabra "rutina" me suena a gris. 
Me levanto, voy a la facultad, estoy allí unas cuantas horas insoportables, me vuelvo a mi casa, como, paso la tarde estudiando más, ceno, me ducho, me acuesto y duermo. (Repetir 5 veces por semana, 4 semanas por mes)

Rutina suena a tristeza, a resignación. Cuando oigo hablar de rutina, parece que estamos hablando de una especie de cárcel para los sueños: algo que limita nuestra existencia a un monótono suceder de acontecimientos que nos son ajenos, un pasar la vida como meros espectadores. Uno se llega a cansar de recorrer todos los días las mismas calles, saludar a las mismas personas, intercambiar un par de palabras superficiales... cansa que el reloj marque siempre las mismas horas para todo, y que las hojas del calendario pasen tan rápido como caen las de los árboles cada otoño.

Quizá por eso buscamos como locos evadirnos, anhelamos llegar a esos puntos del espacio-tiempo donde la rutina es un mal sueño. Llega el fin de semana y salimos por ahí como pollos descabezados (eso si no nos pasamos ese finde estudiando, exactamente igual que el resto de la semana). Llegan las vacaciones y queremos marcharnos lejos y hacer mil cosas y olvidarnos de todo y de todos. También quizá por eso se nos hacen tan cortas, y luego tenemos esa moda de la "depresión post-vacacional", que es lo mismo que pasa cada lunes, pero magnificado unas cuantas veces.

Me pregunto si nacemos repudiando la rutina, o lo aprendemos con el tiempo. Quizá está escrito en nuestros genes buscar la aventura, lo inexplorado, desear metas que están más allá del alcance de nuestro brazo, solo para que nos estiremos, la conquistemos, y sigamos a por más. Qué bonito es luchar por un sueño, sin embargo aquí estoy otra vez levantándome con el sonido del despertador, como otra mañana cualquiera. 

Otra posibilidad es que, tal vez, la rutina nos asusta porque así lo hemos aprendido. Quizá vivimos confundidos en una sociedad, creada por nosotros, que nos impone la necesidad de tener aventuras épicas todos los días.

Hoy os contaré mi aventura épica.

Lo primero que recuerdo de esta mañana es el sonido del despertador del móvil. Para quien no lo sepa, un móvil es un pequeño aparato que cabe en la palma de la mano, hecho de plástico, formado a partir del petróleo extraído debajo de grandes rocas y de mares. Un petróleo que se formó antes de que ninguna persona pisara el planeta. Cogemos esos restos ancestrales, le damos tratamientos de avanzada tecnología, una capa de pintura y se transforma en la carcasa del móvil. El interior es mucho más complejo, tanto que me parece casi magia. Microchips y transistores, artilugios inventados hace menos de un siglo gracias al intelecto y esfuerzo de cientos de generaciones de científicos e ingenieros. Mediante mecanismos misteriosos, este prodigio de la inventiva humana se puede programar para que a las 7:00 exactamente emita una serie de sonidos. Desde mi móvil en la mesa, las ondas de sonido han revoloteado las moléculas del aire hasta llegar a mi oído. Acaba de empezar el día, y en mi aventura ya han participado restos pétreos de seres extintos, y también miles de científicos y técnicos (será que tengo despertar difícil, supongo).

Al despertarme, lo primero que noto es una sensación de mucho sueño, pero consigo despegar los ojos. Guiado por mi memoria humana, un diseño de tal complejidad que ni la ciencia moderna ha conseguido descifrar, tanteo a ciegas la pared en busca del sitio donde sé que debe haber un interruptor. Pulso y ¡zas!, el universo se ilumina. Mis ojos empiezan a captar luces, sombras, contornos, colores. Aprecio las texturas de los muebles, de las sábanas de la cama, del suelo. Con solo mover un dedo he generado una danza de ondas electromagnéticas que rebotan por toda la habitación, y que mis ojos y cerebro interpretan para componer la imagen de una habitación... normal y corriente.

Sentado en silencio en la cama, noto el ritmo pausado de mi respiración, y las sacudidas rítmicas de mi corazón. Un corazón y unos pulmones que no han parado en toda la noche de trabajar para que siga vivo, ajenos a mis problemas cotidianos. Unos órganos que funcionan perfectamente, pero que si muriesen, yo correría igual suerte en poco tiempo. También siento la extensión de mi cuerpo, y detecto dos brazos y dos piernas, todos los cuales responden perfectamente y hacen lo que les digo. A veces he tenido alguna que otra lesión, o he sufrido dolores o enfermedades, y en esos momentos deseaba con todas mis fuerzas recuperarme. Pues aquí estoy yo, un día normal y corriente, completamente recuperado, como si fuera algo normal. Disfrutando de un cuerpo forjado tras millones de años de evolución y supervivencia en una Tierra hostil, superando hambrunas y sequías, sobreviviendo a infecciones y depredadores... pero como es lo habitual, tampoco hay que darle tanta importancia, supongo.

Mis pies me conducen hasta el baño. Y es curioso que se encuentren con un suelo firme, de mármol, cuando podría ser de tierra, o podría ser un pantano o un desierto de arena. No veo insectos peligrosos pululando entre mis zapatillas, ni tampoco siento el temblor de ningún terremoto. Todo está sorprendentemente en calma, diseñado a propósito para que pueda pisar tranquilamente, mientras me amargo la vida con otras cosas en mi cabeza. Abro un grifo y sale agua, que a saber cómo ha llegado a parar allí. Cuentan que nace de las montañas, o se filtra en la tierra por las lluvias, y desde allí la sacan, la movilizan, y hacen algo que se llama "potabilización", y luego la envían hacia las casas. Es decir, que cuando bebo de esa agua, me refresco y me calmo la sed, pero no me muero de cólera, lo cual es bastante de agradecer. Pero esto es rutina, al fin y al cabo, así que me quejo de que el agua sabe mal, tiene mucha cal, qué vergüenza. De momento en mi aventura han pasado cinco minutos entre fósiles antiquísimos convertidos en máquinas electrónicas, danzas de ondas electromagnéticas, ritmos de latidos, actividad frenética de neuronas y agua purificada.

Mientras ando por el pasillo no hay ni un sonido en toda la casa. Normal, a esas horas a quién se le ocurre estar despierto. Claro que tampoco se oyen gritos de violencia, no oigo aullidos de lobos ni estallidos de bombas. Solo silencio, el silencio que me dice: tranquilo, no hay peligro, vivirás otro día más. Pero eso ahora no me interesa, porque voy arrastrando los pies, malhumorado, añorando mi camita y su blanda almohada.

En la cocina empieza la verdadera fiesta. Abro el frigorífico, ¡donde siempre hace frío!, y está repleto de comida de diferentes sabores, colores, olores, formas y tamaños, bien empaquetaditos y listos para zampar. Con el movimiento perezoso de un brazo podría coger ahora mismo el alimento que un antepasado mío habría tardado horas y horas de arduo trabajo en preparar. Opto por un vaso de leches con cereales, aunque "optar" es una palabra muy fuerte para describir el mismo desayuno rutinario de todos los días. En un par de minutos le he procurado suficientes nutrientes a mi cuerpo (ese que sigue trabajando sin que yo lo sepa) para no morirme de hambre otro día. De hecho, hasta me sobra comida, y podría ponerme gordo, gordo, gordo si quisiese. Algo he oído de que en otros países se mueren de hambre, pero eso de "otros países" me suena lejano y difuminado, y además yo soy un desgraciado que vive siempre en la misma rutina y que se tiene que levantar un domingo a estudiar.

A estudiar que, por cierto, no tendría por qué hacerlo. Aunque en mi "lista de cosas por hacer hoy" hay escritas muchas tareas, como estudiar, si uno entrecierra lo ojos y lee entre líneas, verá que, detrás de mi lista artificial, hay una lista "real". En esta última lista, están escritas pocas tareas por hacer: comer, beber, sobrevivir. Y las tres están marcadas y tachadas. Así que como ya lo tengo todo hecho, me invento una serie de responsabilidades, de tareas, de compromisos extra... para luego poder quejarme a gusto de que no me da tiempo a cumplirlos todos. Y ya que hablábamos de estudiar, qué cosa tan rutinaria y cansina. Por eso, quizá, solo unos pocos privilegiados sobre la Tierra pueden hacerlo (supongo que para que el resto no muera de tedio). Y además estudio una carrera que yo he escogido y que me gusta, aunque en cuanto tengo un poco de tiempo la pongo a parir y me rasgo las vestiduras de lo desgraciado que soy. Recapitulando, el protagonista de la historia épica de hoy es una de las pocas personas del planeta que tiene acceso a agua potable, comida abundante, servicios sociales y educación pública, por no hablar de móvil, y de algo tan banal como salud física.

Bueno, no quiero aburriros más, ya sabéis: lo típico, otro día normal, aburrido. Vaya asco, a ver si llegan ya las vacaciones y hago algo de provecho. Mañana me preguntarán (por compromiso, claro, porque no creo que haya gente que realmente esté interesada y le preocupe mi bienestar... ¿o tal vez sí?): ¿qué tal el fin de semana? Y yo diré: nada, normal, aburrido, estudiando.

Qué fea es la rutina. O mejor dicho, qué fea hacemos la rutina. Nos ponemos un sutil velo delante de los ojos, y pretendemos ser desgraciados por no salir de fiesta todos los días o no ir al cine o no viajar o  no hacer todas esas cosas que estamos deseando hacer todo el tiempo. Esa cortina, gris, solo nos deja ver una rutina sosa y carente de vida. Cuando, en realidad, cada día que seguimos vivos es gracias a una sinfonía del universo. Olvidamos que igual que hoy estamos vivos, podríamos no estarlo, podríamos no tener ese móvil, o esa cama blandita, o ni siquiera una casa sólida. Podríamos no tener brazos, o piernas, o tener un corazón enfermo, o unos ojos que no detectaran la luz del flexo, o unos oídos que no sintieran la alarma del móvil. Podríamos beber veneno en vez de agua potable, no tener comida que devorar sin miramientos, o nada parecido a un libro con lo que malgastar el tiempo estudiando o trabajando o haciendo cualquiera de nuestras rutinas.

Con razón ponemos mala cara los lunes, al volver a la rutina: ese infierno... Aunque a tal vez sea más una bendición.

Mañana quizá responda, cuando me pregunten por mi fin de semana: ¡Ayer fue el mejor día de mi vida! "¿Qué te pasó?", me dirán. Nada especial -responderé-, lo mismo que todos los días.

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Tilín tilín tilín (campana), ¡enhorabuena! Si has seguido leyendo hasta aquí, te felicito xD (no vale leer el final directamente xD), como disculpa por el tocho anterior, tu recompensa es que te invitaré a un café personalmente (solo tienes que venir y pedírmelo, aunque a lo mejor ofrezco algo de resistencia... tendrás que usar tus habilidades de persuasión xD).

Me gustan más las conversaciones que los monólogos, así que si queréis optar a vuestro café, os lanzo una pregunta: ¿Qué cosa te gusta más de tu rutina?

¡Un saludo! :D

Comentarios

  1. Bravo !!!!! Nadie ha expresado mejor que tú mi sentimiento de tener la suerte de vivir una vida de abundantes rutinas. Felicidades. Mi rutina de levantarme y quedarme mirando por la ventana siempre el mismo y a la vez diferente paisaje.
    Por cierto, me debes un café.
    Pilar ( Zaragoza)

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  2. ¡Hola Pilar!
    Muchas gracias por tu comentario, me alegro de que te hayas visto reflejada en el texto :)
    Bien dices, un paisaje, aunque parezca inmutable, nunca es el mismo, pues existen cambios sutiles, y tampoco es igual la persona que observa.
    Te debo un café :)
    ¡Un saludo!

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  3. Buenísimo el relato.

    Hace tiempo que me di cuenta de que todo el mundo no puede ser un "rock star" y lo que es más importante, que ese tipo de vida no es para mí y no es la que quería, a pesar de que me forzara a intentar perseguirla o a mostrar que la perseguía: pura pose. Me gusta levantarme por la mañana, preparar el desayuno, leer las noticias, ir a la biblioteca, estudiar, volver a casa, comer, echarme la siesta, ir a trabajar, acostarme... echo de menos esta rutina porque hace un par de semanas un compromiso me la rompe, pero volverá pronto.

    Creo que trabajar en vivir una consciencia mucho más activa y vivida en el presente, en lo que nos rodea, en los pequeños milagros que hacen que sigamos vivos, trabajando por desarrollar una conciencia no solamente hacia nuestros privilegios y relativizarlos, sino además hacia los elementos que sustentan estos privilegios, y trabajar, por tanto, por equilibrar la balanza, no se si igualando las condiciones hacia "arriba", con el estrés de los recursos que eso supondría, o por el camino de un decrecimiento energético que nos equilibre con los demás en un punto más "alto" del que ellos están, pero más "bajo" del que nosotros vivimos. (esos "bajo" y "altos" son estructuras mentales configuradas desde la teoría del desarrollismo)

    Gracias

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    1. ¡Muchas gracias por pasarte por aquí, y bravo por tu comentario!
      ¡Un saludo!

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  4. Me gusta mucho tu blog. Estoy de acuerdo con lo que dices, además de inteligente como persona eres irrepetible. Un beso. Celes de Motilleja

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