Ideas sobre política




Intro

¿Qué es la serie Ideas? Es un conjunto de reflexiones escritas, sobre diferentes temas, que tienen la característica de ser plasmadas tal y como surgen en mi cabeza, sin modificaciones a posteriori, sin adaptaciones. Estas ideas son el material en bruto sobre el cual extraer conclusiones más elaboradas. Por lo tanto, no están pensadas para ser fáciles de leer ni de entender, pero las publico por si a alguien le puede interesar, y para facilitar el debate.


Actualizado: 16 agosto 2014


La política actual adolece de una serie de problemas generales, que no se adscriben a ningún partido político en particular, sino que más bien inunda toda la escena nacional. En primer lugar, existe un desencanto popular en relación a la política, que se hace manifiesto en la escasa valoración por parte de la población de las figuras políticas más relevantes, y en el sentimiento de alejamiento por parte de los dirigentes frente al pueblo, que hace parecer que la política es una actividad externa, dirigida desde fuera, en vez de un desempeño interno que corre a cargo de nosotros los ciudadanos. En segundo lugar, además de la sensación subjetiva de mala praxis política, la actividad de nuestros representantes en el Parlamento, en los debates públicos y los mítines, está plagada de ejemplos de lo que considero mala argumentación, defectos en la forma con la que se trabajan las ideas y las propuestas, y todo ello repercute negativamente en el bien general.

Defino bien general como aquellos valores que son compartidos por la mayoría de la población diana de una determinada propuesta, y que tienen un lugar alto en la jerarquía de valores, es decir, son valores fundamentales o básicos, amparados por la ley y la ética compartida. Así, por ejemplo, la salud es un bien general, la educación es un bien general, la libertad de opinión también lo es, mientras que el beneficio económico puede ser un bien para un determinado sector de la población, desde una persona hasta un país, y puede ser un bien general o un bien particular. Desde el principio está claro que no hay medida que satisfaga al 100% a todos los ciudadanos. Incluso la medida más noble puede perjudicar a determinadas personas que no tengan ese valor en su escala de prioridades. Por ejemplo, un sistema de salud que otorgue asistencia completa a la salud a todos sus ciudadanos, beneficia a la gran mayoría de ellos, pero perjudica a las personas que, por ejemplo, viven de las enfermedades de otros, o se benefician económicamente o de otra manera de dicha enfermedad. Por lo tanto, intentar conseguir una propuesta que agrade al 100% de las personas involucradas es una quimera y debe evitarse ese enfoque. No obstante, sí que se puede beneficiar a un porcentaje alto de dicha población, y cuanto mayor sea ese porcentaje, mejor será la propuesta. Con una salvedad importante. Hay medidas que benefician cuantitativamente a mucha gente, pero que atentan contra otros principios más básicos e importantes de esa minoría. Imaginemos el caso de asesinar a un porcentaje de la población que vive vinculado a la pobreza y la criminalidad, a lo mejor la propuesta beneficia en muchos aspectos al resto de la población, pero atenta contra el derecho a la vida y contra la justicia, por lo tanto no es una medida aceptable. Así, las medidas políticas pueden ser evaluadas según dos criterios: cuantitativo y cualitativo. Una medida debe estar en consonancia con los valores éticos, y una vez cumplida esta premisa, nos fijaremos en a cuántas personas beneficia y en qué, y lo mismo con las personas que perjudica, y se hace un balance. En conclusión, el bien general es aquello que satisface intereses jerárquicamente importantes de la mayoría de la población que está implicada, y que cumple los requisitos éticos.

¿Se mueve la política actual hacia el cumplimiento del bien general o común? Yo creo que no. Y lo creo así porque, de ser de esta manera, no existiría tal grado de desencanto popular con la política. Este desencanto puede ser una característica inherente a las poblaciones, que critican duramente a sus gobernantes hagan lo que hagan, pero también puede ser consecuencia directa de las obras de los mismos, y en el caso actual creo que el segundo factor tiene más peso, y en todo caso es el único modificable y sobre el que merece la pena gastar nuestros esfuerzos.

Reflexiono sobre para lo que mí representa una política ideal, y consiste en una política basada en el bien común. Esto se plasma en una serie de comportamientos concretos por parte de los políticos y de la sociedad.

¿Por qué pienso que los políticos no actúan acorde con el bien común? Y hago esta afirmación a nivel global, a nivel de sistema, salvando las excepciones habidas y por haber. Por una serie de comportamientos que así me lo indican. Una buena política aplicaría las medidas más efectivas para conseguir el bien común. En primer lugar apostar por el bien común, pero no solo eso, sino que aplicar las medidas más efectivas. ¿Cómo saber si una medida es más o menos efectiva que otra? Aplicando el pensamiento científico. Una buena política es una política científica, esto es, que utiliza un método objetivo, refinado, para asegurarnos de tomar las mejores decisiones cada vez. La objetividad es inherente a la ciencia, se buscan los datos, los argumentos, se recopilan, se reflexionan. Una verdad científica es aplicable a todo el mundo, salvando las subjetividades. ¿Es posible una política científica? Yo creo que sí. No creo que sea la ciencia la que deba marcar las metas de las propuestas, sino la que se encargue del método, del probar la efectividad de cada política concreta. El objetivo ya lo hemos establecido antes: el bien común. Y para hablar de bien común, hablamos de derechos, de ética, de filosofía. No de ciencia. La ciencia es el motor, la herramienta. La ciencia permite optimizar los esfuerzos en una determinada área. Y creo que los políticos actuales no son científicos en absoluto, y por lo tanto la política actual se aleja de mi modelo ideal, que es aquella más efectiva en conseguir el bien común de la población.

Son muchos los indicios que me hacen sospechar que los políticos actúan de manera acientífica o anticientífica a la hora de proponer y aplicar medidas para la población. La ciencia es objetiva, hay valores que se pueden medir y que son aplicables a todo el mundo, aunque también es un sistema imperfecto y sobre todo incompleto. Imaginemos que hay dos propuestas sobre un asunto que aumentaría el bien común. No tenemos datos científicos suficientes para saber con una certeza mínima qué pasaría si se elige una de las propuestas o la otra. Sin embargo, sí sabemos las cosas que sabemos, y las cosas que no sabemos. Una vez en esta situación, en la que la ciencia no nos ayuda a elegir de forma definitiva una de las dos, cobra relevancia otro de los aspectos que para mí debe tener la política ideal: la soberanía popular. El referéndum, la consulta, el voto directo de los ciudadanos.

Actualmente votamos cada cuatro años y en algunas ocasiones especiales, que son escasas. Nuestro sistema actual se basa en la idea de que aquellos representantes que escojamos defenderán fielmente nuestros intereses durante esos cuatro años. Esto, obviamente, es falso por varios motivos. En primer lugar porque cada candidato presenta un gran número de complejas propuestas, y es imposible estar de acuerdo en todas ellas, por lo que debemos votar al candidato más afín, con el que compartamos más ideas, pero que no satisfará todas ellas. Por otro lado, votamos en virtud un programa electoral, que no tiene por qué cumplirse en la práctica, y así lo vemos cada día: el partido en el poder sistemáticamente hace lo opuesto a lo planteado en el programa electoral. Esta forma de poder de los ciudadanos es por lo tanto muy mejorable. Para mí, un mejor sistema es aquel en el que los representantes llevan a cabo un método científico para conseguir el bienestar común, y en caso de controversia, de duda, acudir al pueblo para que este sea el que decida. El poder de decisión del pueblo es de esta manera algo real y no algo teórico, porque en la práctica las decisiones importantes son tomadas por un número escaso de individuos, y es relativamente fácil que no sigan en todo momento los dictados de la ética o del bienestar común. Pero claro, ¿cómo conseguir que los ciudadanos voten aquello que beneficia al bienestar común?

Para ello, las votaciones públicas deben estar abiertas solo para propuestas que cumplan la ética. La ética y los valores fundamentales deben estar establecidos de antemano, y ser valores fijos, blindados, aunque esto no resta que puedan ser modificados en un futuro, pero con razones de gran peso. Así, una buena guía ética que sea el marco de la política es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como otras declaraciones humanistas dentro de ese ámbito de normativas basadas en una ética humana universal. Una vez cumplido este requisito, las propuestas deben ser equivalentes en el sentido de que sean probablemente igual de eficaces, en las que la ciencia no es capaz de decidir claramente por una u otra. Dicho de otra manera, los efectos beneficiosos y perjudiciales, a corto y largo plazo, para cada segmento de la población, etc., están equilibrados y existe una controversia razonable. No se puede hacer elegir a la población en un asunto en el que la ciencia es clara, porque la ciencia en sí misma no es democrática. Si una propuesta ha demostrado ser más válida, más eficaz, más segura, debe elegirse automáticamente sin pasar por un referéndum. En casos excepcionales de gran impacto público y gran controversia ciudadana, se puede abrir a debate una cuestión con opciones de desigual validez científica, pero esto no es lo ideal. El último requisito a cumplir es que la población sea consciente de las consecuencias de tomar ambas opciones. Solo así será verdaderamente responsable de la elección tomada, y el poder será efectivamente de los ciudadanos y no como metáfora. Esto nos señala otro requisito para la política ideal: la transparencia absoluta. 

Los ciudadanos deben conocer tanto como los dirigentes a la hora de tomar una determinada decisión. Para ello deben contar con vías de información objetivas, no manipuladas, abiertas y accesibles. Accesibles porque los ciudadanos tenemos diferente nivel de conocimientos sobre cada asunto concreto, por lo tanto debe adecuarse dicha información a diferentes niveles, siendo accesible a cualquier persona por bajo nivel cultural que posea, pero también posibilitar al experto ahondar en los intrincados mecanismos detrás de cada argumentación. El método de debate sobre una determinada propuesta debe ser abierto, para que los ciudadanos puedan, si desean, conocer todo lo necesario, y para que se puedan aportar críticas durante el procedimiento, desde cualquier ángulo. Por lo tanto, transparencia en las conclusiones y en el proceso, y este proceso también debe ser abierto a la modificación. Para ello hacen falta mecanismos que permitan a cualquier ciudadano u organización proponer cambios y definir matices en cada proceso de estas características. Hablamos de transparencia participativa. Una política con oídos abiertos a todas las voces, pero que sigue utilizando un método científico implacable y objetivo para separar el trigo de la paja. Y una vez concluido el razonamiento, y recopilado todo el conocimiento sobre las cuestiones complejas, aprobar la medida si la ética lo permite y la ciencia lo aconseja, o en caso de duda, abrirse a un referéndum público vinculante. Vinculante, sí, porque consideramos que la población, si es informada de manera objetiva y puede pensar por sí misma, es la que mejor dirigirá a la sociedad hacia la consecución del bienestar común, porque este es el bienestar de la población en sí misma. Por el contrario si, como actualmente, nos dirige un segmento de la población muy reducido, probablemente no significativo de todos los intereses de la población, y actúa en virtud de sus propios intereses, indudablemente es inevitable que la sociedad no se acerque hacia el bien común tanto como nos gustaría.

De momento hemos hablado de un objetivo: un bien común basado en la ética y los valores compartidos, y de un método: ciencia, transparencia, participación, decisión pública. Ahora hablaré de algunos de los aspectos científicos que se pueden abordar con independencia de la controversia concreta de la que se esté tratando, que son dependientes de la forma de la política y no de su fondo.

La ciencia ha desarrollado herramientas para sortear los defectos intrínsecos al ser humano que nos alejan de conocer la verdad sobre las cosas. Así, conocemos innovaciones como el método de doble ciego en los ensayos sobre medicamentos, destinado a impedir el sesgo consciente o inconsciente del investigador a favor de su medicamento. Este tipo de herramientas deberían, en mi opinión, ser aplicados también a la política. Existen muchos sesgos en política que nos alejan de argumentar de manera certera y llegar a las mejores conclusiones posibles. 

El pensamiento de grupo es uno de ellos. El pensamiento grupal establece varios bandos, tales como derecha-izquierda, arriba-abajo, ellos-nosotros, y es un fenómeno muy extendido, casi omnipresente en política. Es erróneo porque simplifica en exceso, establece divisiones arbitrarias, constituye una generalización poco firme, y sesga nuestra valoración de las propuestas políticas: lo “mío” es bueno, lo “tuyo” es malo. Por ejemplo, el sistema político actual está plagado de diferencias políticas derecha-izquierda. Uno vota a uno u otro partido en virtud a diferencias escogidas arbitrariamente. Yo soy de derechas si soy católico, estoy en contra del aborto, me gustan los toros, soy monárquico y creo en la familia tradicional. Yo soy de izquierdas si soy ateo, pro-abortista, anti-taurino, republicano, y defiendo los modos de vida alternativos. Este podría ser un cuadro que mucha gente se cree en este país. Lo agrupamos todo en dos sacos, y asociamos una cosa dentro del saco a todas las demás. Así, si soy católico, anti-taurino, monárquico y homosexual, tengo un problema, no puedo agruparme fácilmente en uno de los dos grupos. A esto me refiero con sobre-generalización y sobre-simplificación. Además, ¿por qué estos valores peregrinos son los que consideramos más importantes a la hora de votar a uno u otro partido? ¿No sería mejor agruparnos según las circunstancias concretas en conjuntos de personas con valores similares? Por ejemplo, está bien agruparnos en taurinos y anti-taurinos, pero solo cuando debatamos sobre los toros. También en monárquicos y republicanos si debatimos sobre la jefatura del Estado. Pero no ampliemos a grupos tan extensos como derecha-izquierda, porque eso solo confunde. Así, una propuesta puede beneficiar tanto a gente “de derechas” como “de izquierdas”, y perjudicar a otros de ambos grupos. Por eso también es importante que haya referéndums y consultas más a menudo, ya que permite que para cada decisión, cada uno vote según sus intereses, y no como parte de un saco llamado “PP”, “PSOE”, “IU”, etc. Porque una vez establecido en un grupo de estos, ocurre un fenómeno psicológico de identificación con el resto de características del grupo, de tal forma que la gente llega incluso a calcar la forma de pensar de un determinado partido, y declarar “yo soy del PSOE”, de forma inamovible. Y el partido puede cambiar con los años, pero la persona siempre lo apoya, porque lo ha hecho una parte de su identidad. Absurdo, si en realidad puede que ese partido tenga, y seguro que tendrá, propuestas que vayan contra tus intereses particulares en algún momento. Esta asimilación con el partido, con el grupo derecha-izquierda o cualquier otro, hace que no tengamos ningún tipo de autocrítica, y que haya un potente sesgo en contra de lo que opine otro partido, en teoría “rival”, y dejamos de ser científicos y objetivos para convertirlo en un partido de fútbol, en un combate. Ya no importa el bien común, sino la victoria particular.

El pensamiento grupal es un fenómeno psicológico humano universal y se aplica a todos los colores de la política. Pero como científicos, debemos reconocerlo y luchar contra el perjuicio que supone para nuestra reflexión crítica. Un buen político, según mi modelo ideal, es aquel que no busca el beneficio exclusivo de su partido, véase: ganar votos, gobernar, mantenerse en el poder, tener buena imagen, etc. Sino que busca siempre el bienestar común. Es un político que realiza autocrítica, sabe decir “me equivoqué” y sabe responder “no lo sé”, cuando no conoce algo sobre un determinado tema. Se trata de la honestidad intelectual. Un político que no sea honesto, no puede ser científico, y no será bueno en este sentido que comentamos. Un político honesto intelectualmente sobrepasa el pensamiento de grupo, y es capaz de ver los fallos de la política propia y los aciertos de la contraria, y no solo al revés, y esto le permite aunar los puntos de vista válidos y llegar a conclusiones objetivamente mejores, que si fuera un político parcial, sectario, con una visión sesgada de la realidad.

La falta de honestidad intelectual política tiene, según mi punto de vista, un origen claro: la búsqueda de votos, de poder. Los partidos actuales no buscan ese bienestar común, sino que hacen prevalecer la imagen del partido a toda costa. Su objetivo es ganar votos y conquistar el poder, es decir, siguen sus intereses particulares y no el común. Llego a esta conclusión al observar comportamientos que no tienen otra justificación, y que serían impensables en políticos que efectivamente busquen el bienestar común. Por ejemplo, el hecho de no admitir nunca los errores, o de no reconocer la ignorancia propia en determinados temas. Es evidente que no existe ningún político ni ningún partido que lo sepa todo y que lo haga todo bien. Es inherente a la raza humana ser ignorantes y fallones. No reconocerlo es una falta de honestidad, que solo se justifica para aparentar una imagen, falsa, de robustez, de firmeza, para así conseguir más votos y que la imagen del partido no se deteriore. Otro indicio de estas acusaciones que hago a los políticos (generalizando), es el comportamiento hipócrita de los partidos que oscilan entre el poder y la oposición. Un partido en la oposición puede criticar exactamente las mismas medidas que tomaron cuando estaban en el poder, y viceversa. ¿Cómo es esto posible? Es así porque la oposición en este país actúa como una negación de todo lo que propone el gobierno, y viceversa. De nuevo, vemos que la mentalidad de grupo establece un combate, para ver qué partido tiene una imagen más solida y da la impresión de ser más solvente, para así ganar votos. Nada de bienestar común está implicado en esta forma de pensar. Una forma ideal de política analizaría cada propuesta independientemente de quien la hubiera propuesto, y aceptaría los puntos positivos y rechazaría los negativos. Cada partido político competiría por votos, en el único sentido de que habrá algunos de ellos que cumplan mejor su tarea de trabajar por el bienestar común, y otros peor, y los ciudadanos elegirán al que crean mejor para desempeñar esta misión.

Durante toda esta reflexión, es inevitable pensar que esta política ideal es inviable. No es el objetivo de estas reflexiones discutir la viabilidad o no, sino la deseabilidad: ¿es esta forma de imaginar la política mejor que la actual? ¿Lo es, o no? Si concluimos afirmativamente, entonces debemos buscar la forma de llevarla a cabo de la mejor manera posible, y no hay excusas para no hacerlo. Eso de: “esto está muy bien, pero nunca va a ocurrir”, es una falta de honestidad intelectual, a su vez. Si vemos que algo puede ser muy beneficioso para el bienestar de este país, hay que buscar las maneras de hacerlo llegar a la práctica. El hecho de que el ideal sea un constructo filosófico inalcanzable, por su perfección, no exime de la obligación moral de que las cosas se vayan acercando poco a poco, o mucho a mucho, hacia la consecución de ese objetivo.

Otro ejemplo de mala praxis política científica es la argumentación deficiente, fruto de las múltiples falacias que se utilizan de forma diaria en todos los estamentos políticos, que no son más que una extensión de las falacias diarias que usamos los ciudadanos. Que los políticos partan de la sociedad no significa que deban cumplir las mismas reglas. Deben ser científicos, y despojarse de los problemas que acarrea el pensamiento del día a día. Igual que los científicos hacen un esfuerzo para no caer en sesgos durante sus estudios, los políticos deben ser activamente conscientes de las falacias en sus argumentos para erradicarlas. De las falacias he hablado largo y tendido, están ahí, son identificables y son combatibles. Cada falacia en boca de un político es un alejamiento de la política ideal, que es la mejor para el país.



Nos queda por hablar un poco más sobre qué es exactamente ese bien común, hablar sobre detalles de ese método transparente y participativo que quiero para nuestra política, cómo debe actuar un político en un debate para no caer en los sesgos, y otras cuestiones interesantes.

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